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miércoles, 12 de enero de 2011

Haití en la memoria: Kuba muy alucinante 5

A veces he llegado a pensar que soy como un pararrayos para las grandes desgracias. La Crisis de los Misiles me tocó en Kuba, acabados de cumplir 14 años. Cuando el ataque de Playa Girón estaba en La Havana. Pude haber viajado en un avión de Cubana que fué explosionado. Una bomba de ETA en Madrid, no me alcanzó por 20 minutos de salvadora diferencia. 

El 11-S, lo pillé en Carolina de Norte. Ni más ni menos que en la vecindad de la tercera ciudad de importancia financiera. Y como si esto fuera moco de pavo, residía muy cerca de una central nuclear. Supe lo que era el miedo a un ataque con cepas de antrax, cuyo origen nunca quedó claro. 

Y el terremoto de Haití , el 12/01/10, me sorprendió en La Havana, donde por otra inesperada coincidencia, la temperatura bajó a la increible cifra de 3 grados Celsius. Un record histórico para el Trópico que me provocó de entrada una desagradable taquicardia, un jamacuco intenso y muy molesto. Y bastante cabreo por no poder regresar muy morena. Para darle mucha envidia a la basca.

Cuando se produjo la tragedia de Haití la televisión cubana comenzó a bombardearnos, sin parar, en vivo y en directo con imagenes dantescas. La gente en la calle se hacía eco de otra noticia: la muerte por frío de unos pacientes psiquiátricos. Sería perverso buscar culpables entre el personal sanitario. Sencillamente, el país no estaba preparado para esa contingencia extrema.

Sin embargo, lo que más me preocupaba no era tener que dormir arrebujada en mi abrigo europeo. Temía que otro temblor de tierra alcanzara al oriente de Kuba. Pero el gobierno se ocupó de inmediato de proceder a la evacuación de las regiones que comparten la falla responsable del siniestro en Haití.

Yo lo tenía muy claro: si en Kuba ocurría algo, yo me iba a tratar de ayudar en lo que fuera.

Pese a las circunstancias, no lo pasé nada mal. Me disfracé de miembro de las Tropas Especiales. El conjunto que vestía no podía ser más ridículo: unos vaqueros verde oliva muy sufridos,de origen incierto, que rescaté de un armario antiguo,  el único jersey que habia llevado, rojo fosforito, los Crocs de invierno, y una guerrera de camuflaje de Palmer. Con esa pinta me fuí a dar nada menos que al bar del Hotel Nacional, uno de los más suntuosos e historiados de La Havana. 

Ya se sabe que cuando hay frío nada mejor que un lingotazo de alcohol. Allí no había atentos camareros. Palmer, que es un caballero, se ocupó de buscar las bebidas. El establecimiento, con una vista impresionante sobre el mar, estaba mayormente ocupado por turistas cutres con aspecto tontorrón, de esos que van a Kuba en busca de la experiencia de su vida por un precio muy ajustado.

Lo mejor era la música. Un trío de abuelos marchosos que ofrecía el ambiente tropical enlatado que se espera de tamaño hotel de lujo. Yo  me lo pasé muy bien. Me marqué una Guantanamera, a voz en cuello, mientras Palmer se tronchaba de la risa.

Luego de una generosa propina, los músicos ya no nos abandonaron. Se lucieron con la canción dedicada al Ché, cuya letra ya he olvidado, pero no por eso dejé de cantar una versión de "aquí se queda la historia, la inefable transparencia, de tu querida presencia Comandante Ché Guevara". Y el mal bicho de Palmer riéndose de mí. No estaba muy borracha sólo algo inspirada.

Pasé brevemente por la tienda de souvenirs del hotel, de la que salí con un adaptador para enchufes. Había unos libros preciosos pero los precios eran como un impuesto revolucionario con Kalashnikov y cuchillo Aitor.

Regresamos a casa de mi madre en el Lada azúl que era de mi padre. Palmer siempre conduce como si participara en el París-Dakar. Le pega unos achuchones al acelerador del vehículo ruso, y hay que ver como responde. Parece un Jaguar.

Su conducción temeraria es bien conocida  en La Havana y cuando alcanza el Malecón habanero, vía rápida, el muy puñetero no deja títere con cabeza. Emplea la bocina como si llevara una ambulancia. Y el personal, claro, se quita de en medio. No les queda más remedio.

En casa de mi madre me puse morada con unos macarrones preparados por Mercedes, católica, apostólica y admiradora de Monseñor Escribá de Balaguer. El ángel de la guardia de mi madre. Sin olvidar a Elvira, que le soporta todas las majaderías a mi madre y a Lindi, una perra bastante fea. Por el cariño que mi madre le profesa, la considero mi hermana cuadrúpeda. A fin de cuentas Lindi está con ella y no le falla.

Esa tarde, pese al frío, me empeñé en visitar el Museo del Ministerio de Interior. Y allí recalé con Palmer al volante del viejo Lada. No había más que dos o tres visitantes. La señora que vendía las entradas, pese a mi atuendo aguerrido y marcial, (de paraca sonada) me cobró a mí 2 CUC, mientras que a Palmer le dejó pagar con moneda cubana. Él había acompañado al ministro en la apertura del centro, pero entre discursos y saludos, no había visto nada.

El museo se encuentra en la residencia que ocupó el embrionario ministerio, con Ramiro, Abrantes, Piñeiro, Palmer (que no se llama así) etc. etc. Exhibe toda clase de armas y artilugios con fines siniestros: una piedra simulada para contener explosivos, armas disfrazadas como bastones, máquinas para transmitir mensajes, cuchillos varios. También en las paredes tenían mapas de las operaciones de contrainteligencia realizadas con éxito. Yo me lo estaba pasando en grande. Todo era muy interesante. Es un museo único en su clase: demuestra lo que es el terrorismo contra una Isla del Caribe.

Pero sucedió lo inesperado. De pronto Palmer empezó a explicarnos a todos, visitantes y empleados, quienes eran las personas que aparecían en las fotos. Estaba visiblemente emocionado.

Y él, que suele hablar muy bajito, a diferencia de la mayoría de los habitantes de la Isla, casi gritaba. Entonces comprendí que sucedía. De golpe se había dado con la memoria de las guerras en que había participado. Veía de nuevo a sus compañeros muertos. Todos permanecimos sobrecogidos por su reacción.

Yo temí que fuera a darle un ataque de algo. Y dí por terminada la visita. La señora de la recepción me regaló unas postales. Agradecida, le planté dos besos y salí pitando, con Palmer todavía entretenido en su relato, hacia el sufrido Lada.

Terminamos en un bar junto a la costa. Yo me pedí un bocata y una cerveza Bucanero. Palmer eligió otra marca, Cristal y no quiso comer nada.

En la pequeña calle que daba al mar había un coche de los más viejos aparcado. Me acerqué a admirarlo. Y en lugar de examinar el auto, presencié un cuadro de sexo oral despepitado. Regresé a la mesa soltando carcajadas. La tarde terminaba con un poco de todo.

"Campesino",colografía de Celia Irina Álvarez (2010)
Palmer, sobre las 6, se pone un chandal y una gorrita y sale a hacer jogging por la Quinta Avenida. Los chicos  del vecindario  esperan a que pase y no pocas veces le tiran piedras. Él se resigna. Los niños le gritan "gorrita" y se ríen en su cara.

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