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sábado, 9 de enero de 2016

Gracias Manina

A la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado de la República de Cuba —donde gracias a la perseverancia de Celia Sánchez Manduley se guardan valiosos documentos de la lucha por la liberación de Cuba entre 1956 y 1959—, llegó la general de brigada Delsa Esther Puebla Viltres, «Teté», para revisar junto a nosotros documentos del Fondo Celia Sánchez sobre la Caravana de la Libertad y para conocer más acerca de la presencia de Celia en ese extraordinario hecho histórico que se iniciara en Santiago de Cuba el 2 de enero de 1959 y concluyera el 8 de enero, con la entrada victoriosa a la capital cubana.
Nadie mejor que Teté Puebla —la eficaz colaboradora de Celia, como la calificara Fidel en su libro Por todos los caminos de la Sierra: La victoria estratégica— para rememorar los hechos y hablar de ella.

Celia, al tanto del último detalle

Conversadora y memoriosa, mientras mira las fotos de Celia, Teté no deja de recordar que ella subió a la Sierra Maestra con apenas 16 años y, pícaramente sonríe al confesar que hasta tuvo que mentir diciendo que tenía un año más ante el temor de que no la aceptaran. Aunque los primeros días no vio a Celia Sánchez porque ella cumplía una misión en el Llano, cuando la encontró tuvo la certeza de que era «la mujer más grande que he conocido jamás; la persona más preocupada y ocupada de los demás que pueda haber nacido. Ella me protegió desde el principio, como protegía a todos en el Ejército Rebelde».
Teté nos dice que, al inicio de su vida guerrillera, como «yo era “muy muchacho”, no querían darme tareas serias». Pero más tarde, gracias a la confianza de Fidel y de Celia —quien ya había tomado las armas en el combate del Uvero y otras acciones en la Sierra— el 3 de septiembre de 1958, se formó el pelotón de las Marianas del cual la propia Teté fue la segunda jefa. Nuevamente, ella sonríe mientras cuenta que: «Como muchos hombres no nos tenían confianza, Fidel no solo fue quien nos enseñó a disparar sino que nos nombró su escolta personal. Por eso, cuando íbamos llegando a los lugares, la gente decía: ¿Llegaron las Marianas? ¡Seguro detrás viene Fidel!».
«El día en que la Revolución triunfa, una parte de las Marianas nos encontrábamos en Holguín con el comandante Delio Gómez Ochoa, jefe del IV Frente, y Fidel nos mandó a buscar. El día 2 llegamos a Bayamo y nos incorporamos a la Caravana de la Libertad para hacer el recorrido hacia La Habana. Nada he olvidado. Recuerdo en la Caravana que Celia —igual que en la Sierra—, apenas descansaba para estar siempre pendiente de todo. Ella era así. No tenía descanso. Estaba al tanto del último detalle de lo que necesitábamos las Marianas, los soldados del Ejército Rebelde, los niños que encontraba y, sobretodo, de lo que necesitaba Fidel».
En la Caravana, Celia —igual que en la Sierra—, apenas descansaba para estar siempre pendiente de todo. Foto: Cortesía de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado
Además, muchos documentos revelan que ella era la encargada de hacer llegar las instrucciones del Comandante en Jefe a los jefes de las unidades rebeldes que se encontraban en todo el país. Una de aquellas indicaciones, escrita el 3 de enero de 1959, dice: «Víctor: Felicidades: Camacho lleva instrucciones del Comandante-Jefe para ti. Él espera que como siempre las cumplas estrictamente. Celia».1
La conmoción causada por esta caravana hizo surgir una hermosa tradición en Cuba, que convoca a los cubanos cada inicio de año. Sin embargo, lo que tal vez muchos ignoran es que fue Celia quien, mientras tuvo un hálito de vida, organizó todas las reediciones de la Caravana de la Libertad. Teté, participante de todas esas reediciones, nos cuenta que: «Era Celia quien, personalmente, elaboraba el programa y escogía a los compañeros de la Columna 1 que serían parte del Estado Mayor de cada caravana. Ella fue quien dispuso que los niños participaran vestidos con los uniformes verde olivo, porque así nadie jamás podrá negar que fue el Ejército Rebelde quien ganó la guerra y nos trajo la libertad».

En la paz, como antes lo hizo en la sierra

Al comentar con Teté el encuentro de Fidel, en el aeropuerto Ignacio Agramonte, con los miembros del Gobierno Revolucionario que viajaban rumbo a la capital, recordamos un testimonio del doctor Luis M. Buch en el cual refiere: «Hablamos también de Celia Sánchez como ministro de Educación, pero Fidel no estuvo de acuerdo, pues ella debería continuar con la labor que realizaba en la Sierra».2 Por ello pedimos a Teté que nos hablara de esa labor que Celia hizo en la Sierra y que Fidel quería que ella continuara haciendo en la paz.
«Decir Fidel en la Sierra era como decir Celia —afirma Teté— del mismo modo que decir Celia era como decir Fidel. Ella era imprescindible: cumplía y hacía cumplir todas las órdenes del Comandante. Ella llevaba toda la logística, se preocupaba y ocupaba de todo y de todos, ayudaba a los campesinos, a las mujeres que estaban de parto, a los enfermos y a los niños. La vida nómada en la Sierra era muy difícil. Una vida de mucho sacrificio. La comida era una especie de ajiaco o sancocho, con un poco de ajo y algunas malangas, luego un pedacito de queso y de miel de abeja. Cuando no teníamos dinero para pagarle a la gente, íbamos a comprar y entregábamos unos comprobantes firmados por ella que luego del triunfo, Celia los pagó todos. No había privilegios, hasta Fidel tenía los zapatos rotos —cosidos con alambre— y cuando llegábamos a los lugares había que machacarlos para que no se zafaran y resistieran. También tenía una sola muda de ropa y, cuando había que lavarla, él se envolvía en una frazada y esperaba a que el uniforme se secara cerca del sitio en que se cocinaba ese sancocho... A veces, si llegaban los aviones, se ponía la ropa mojada. Pero a pesar de eso nunca se perdió la fe en la victoria».
Fidel reconoce que el funcionamiento del dispositivo de la retaguardia de nuestra acción militar durante la Ofensiva «fue, sin duda alguna, una de las razones de nuestra victoria. Ya dije antes que en la labor de la retaguardia fue decisivo el papel desempeñado por Celia. Gracias a ella y a sus colaboradores, yo pude despreocuparme muchas veces de los miles de detalles que coadyuvaban al mejor desempeño de nuestras unidades en el plano militar, y concentrar mi atención en los aspectos estratégicos y tácticos de la operación».3 Y así fue Celia en la Caravana de la Libertad y así continuó trabajando después del triunfo de la Revolución.

Ante el dolor la patria no distingue

Teté nunca podrá olvidar que pocos días después de llegar a La Habana, Fidel la mandó a localizar. «Cuando llegué, él le preguntó a Celia: “¿Qué cantidad de dinero nos queda?” y ella respondió: “1 700 pesos”. Entonces Fidel le dijo: “Dale 700 a Teté”; y me indicó irme a Oriente para comenzar la tarea de atender a las víctimas de la guerra y aclaró: “Tanto a familiares de los combatientes caídos del Ejército Rebelde y la clandestinidad, como a los familiares de los soldados de la tiranía que han muerto o están presos por sus crímenes y abusos”. Cuando oí eso de los familiares de los guardias, de momento no entendí y le dije: “¿Por qué?”. Solo me respondió: “Porque esta es una Revolución y ante el dolor la Patria no distingue. Salvar un niño es salvar la Patria”.
“Fidel y Celia me enseñaron que teníamos que preocuparnos por todas las víctimas de la guerra, sin importarnos en qué bando estuvieran, porque los hijos no tenían la culpa de los errores de sus padres. Por eso siempre tendré que agradecerles que hicieran de mí una mejor persona. Celia siempre atendió a los huérfanos, a las madres y las esposas. Esta es una historia que necesita todavía ser más conocida porque representa el sentido de humanidad y grandeza de la Revolución en sentido general y, muy particularmente, de Fidel y de Celia”.

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